TRINIDAD: CUNA VIVA DE ARTE Y SABER

Por Alexander Simo Ruiz

En Trinidad, la cultura fue siempre una forma de vida. Por eso, como escribió Marín Villafuerte, “no es posible escribir sobre la cultura trinitaria sin rendir tributo de admiración y respeto a estos hombres ilustres.” La villa respiraba educación: “había en Trinidad academias de inglés, de dibujo, pintura, mecanografía y música,” y otras “se dedicaban a la preparación para los exámenes de maestros públicos.” Algunos colegios religiosos aparecían y desaparecían, pero quedaban el Verbo Encarnado y Nuestra Señora del Rosario, firmes en su misión. Las iglesias Metodista y Bautista también dejaron huella, pues “crearon academias que funcionaron con mayor o menor regularidad.”

La música era un pulso constante. “Los músicos trinitarios… contribuyeron siempre a dar ese sabor típico a las fiestas sanjuaneras,” animadas por orquestas como la de Pablito Valenzuela, que llegaba para “celebrarse suntuosos bailes, principalmente en La Tertulia y en La Luz.” Y mientras tanto, la Banda Municipal brillaba porque “fue magníficamente organizada por Aristides Jiménez y Julito Cuevas,” continuando bajo la dirección de Aristides Jiménez y Luis T. Iriarte, “periodista y poeta.”

En el terreno de las artes, Don Antonio Herr fue “pintor espontáneo, de brillante imaginación y rico en colores,” quien “fundó varias veces Academias de pintura en Trinidad.” Su hermana Doña Micaela enseñó música medio siglo y su casa fue “un templo de las Musas donde alternaban la poesía, la pintura, el teatro y la música clásica y criolla.” Junto a ellos brillaban Catalina Berroa, “alma de artista,” y Catalina Powers, “de sólida cultura musical, pianista de mucha ejecución y compositora de gran gusto.”

La educación formal encontró su punto más alto en el Colegio de Segunda Enseñanza Fernando Hernández Echerri, porque “el mayor esfuerzo educacional… fue el Colegio… creado en 1923 e incorporado al Instituto de Santa Clara.” De allí salieron profesionales, y el propio Marín confesó: “al cual dediqué mis más fervorosos esfuerzos.”

Todo este esplendor tenía una raíz profunda, que el autor dejó claramente escrita: “la vida social y económica espléndida de otros tiempos hizo posible que surgieran estos valores.” Una prosperidad antigua que se convirtió en música, pintura, academias, lenguas extranjeras y pensamiento propio. De ahí nacían también “las tradiciones literarias… en aquellas fiestas dedicadas a la humildad y al pensamiento,” rituales que la villa celebraba como si la inteligencia misma fuese una herencia sagrada.

Por eso Marín advirtió con fuerza:
“¡Infeliz, desventurado el pueblo que olvida a sus pensadores, a sus historiadores, a sus poetas, a sus artistas, a sus periodistas!”

Porque Trinidad, más que una ciudad, fue un territorio donde la cultura tuvo casa, nombre y memoria; donde el arte y el saber hicieron de la villa un hogar luminoso y perdurable.
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